Enrique Rojas Montes Psiquiatra


Enrique Rojas Psiquiatra

Enrique Rojas Montes, Psiquiatra

 

 

 

 

 

 

 

Enrique Rojas: Tardará tiempo en nacer un torero tan claro...

Conocí a Antonio Bienvenida en Jerez, en casa de unos amigos comunes, durante un fin de semana. Estaba yo soltero, tendría veintitantos años largos y corría esa etapa de la vida en la que uno va buscando modelos humanos, ejemplos vivos de personas enteras, atractivas, que arrastran de uno hacia arriba. La primera impresión que tuve es la de estar ante un sujeto con una personalidad arrebatadora, que vivía para torear.

Yo digo que para ser feliz es menester que la vida tenga argumento. Y que la felicidad es la ilusión argumental. Pues bien, ese fue el primer impacto que a mí me produjo él. Luego, al irle escuchando, al dejarme invadir de sus palabras, mientras conversábamos, vi que tenía delante alguien con mucha categoría personal. Porque la categoría no la da ni el dinero, ni el poder, ni cargo relevante, sino lo que hay dentro de uno.

Recuerdo que cuando le dijeron que yo era psiquiatra comentó que cuando él empezaba una faena, lo primero que hacía es ver por dónde tenía que entrarle al toro y cuál era su punto débil. «Igual que hacéis los psiquiatras cuando habláis con una persona: lo vais estudiando para saber lo que hay detrás de las palabras y de los gestos.» Me pareció una observación muy atinada. Después he coincidido con él en distintas cenas, y siempre tuve la visión de un hombre cabal, muy coherente, con una simpatía arrolladora, seguro, pero sin avasallar a nadie, con un fino sentido del humor y muy andaluz (aunque procediera de Bienvenida, Badajoz). Le tengo grabado en mi cabeza como elegante, siempre con la sonrisa en los labios, que tenía amigos y que sabía el valor que tiene conocer a alguien e intimar.

Un amigo mío, José Gil Osuna, médico y sacerdote, persona de una garra humana poco frecuente, al poco de conocerlo le regaló el Evangelio y le dijo: «Léelo todos los días unos minutos, saboreando, como cuando pasa el toro al dar un natural como es debido.» Y pasadas las semanas, le preguntó mi amigo: « ¿Qué tal?» Y respondió Antonio: «Ya le voy cogiendo el son a Jesús;»- Vicente Zabala; en su libro: «Hablan los viejos colosos del toreo;" le dedica dos capítulos y cuenta algunas anécdotas muy ilustrativas de su forma de ser. Una de ellas se refiere a su presentación como novillero en Madrid.  Tuvo la mala suerte de que le salió un novillo desabrido y con malas formas, al que no pudo torear bien. Lo intentó de todos modos, pero no pudo sacarle partido. En ningún sitio le interesó tanto quedar bien como en Madrid, y no lo consiguió. Meses más tarde repitió en Madrid, con toros de Pérez Tabernero, y tampoco tuvo suerte. Su reacción fue: «Así es la vida, pero lo importante es luchar, no darse por vencido, insistir... Algún día triunfaré en la capital de España.»

Ahí se inician los hombres de vuelo superior: en la lucha por superar las adversidades. Porque así fue su vida. Fue un hombre profundo. De esos que dan lecciones sólo -con observar su conducta, y así fue también cuando en 1975, en· una fiesta campera, la vaquilla llamada «Conocida», de sorpresa, lo enganchó por la espalda y lo lanzó al aire, cayendo de cabeza y quedando tendido en el suelo, inmóvil. Pronto se vio rodeado de su mujer y sus hijos y reaccionó diciendo que localizaran al doctor López Quiles, que insistieran al teléfono hasta que dieran con él. Después dijo: «Dios sabe lo que más me conviene.» Tan difícil como saber vivir es saber morir. En la cultura «Iight» de nuestros días, vivimos de espaldas a la muerte, sin saber que toda filosofía nace a orillas de la muerte. ¡Qué bien cuadran aquí aquellos versos de García Lorca a la muerte de Ignacio Sánchez Mejías!: · «Tardará mucho tiempo en nacer, / si es que nace, un torero tan claro, / tan rico de aventura.»

Enrique ROJAS

 

 

 
 

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